POR EL AMOR DE UNA MUJER

viernes, 19 de junio de 2009

SYLVITA NEIRA AHORA CON "SOLEDAD", INSPIRADISIMA...


SOLEDAD


Era joven, demasiado joven, nos separaban un par de generaciones. Sin embargo, algo me atrajo en él, tal vez cómo me miraba, tal vez cómo bromeaba, tal vez cómo jugueteaba, tal vez cómo reía, tal vez cómo se me acercaba.

La soledad a veces te hace sentir lo imposible: un adulto joven y una mujer madura, es una experiencia estimulante.

Esa noche me acosté temprano, rendida, el calor atontaba. Intenté dormir, pero una extraña inquietud recorría mi cuerpo, inundándome de sensaciones placenteras.

La calidez de las sábanas no logró aplacar la desazón que me invadía. Sentí mis manos deslizarse suavemente hacia la humedad de mi sexo.

No supe el tiempo transcurrido, cuando sentí aproximarse su potente virilidad. Percibiendo su aliento, supe que era él, no podía ser otro.

Con seguridad la mirada dada durante la cena, lo confundió y le hizo creer que lo estaba invitando a mi lecho de mujer sola y anhelante.

Mientras mi mente lo rechazaba todo mi ser lo deseaba. Sus manos expertas reemplazaron las mías. Primero fueron mis senos, luego mi vientre, mi sexo, mis piernas. Quise protestar, decirle que no siguiera, pero no pude. Me besaba la espalda, las caderas, las nalgas. Sudaba de pudor y deseo. Siguió su recorrido hasta llegar a mi boca. Mis labios entreabiertos lo recibieron ansiosos. Fue un beso ardiente y prolongado hasta dejarnos sin aliento. Nuestros cuerpos se confundieron en un gozo absoluto.

Desperté sobresaltada, bañada en sudor, húmeda, con la respiración entrecortada, sintiéndolo, no estaba segura de haber soñado, debo estar loca para tener esta clase de sueños, pero ha sido demasiado real todavía me parece tenerlo a mi lado.

Mientras almorzábamos no me atreví a mirarlo de frente. Temí que mi rostro reflejara la noche de pasión que habíamos vivido sin que él se hubiera enterado. Sin embargo, su mirada me recordó que todo había sido un sueño.

Debíamos asistir al baile de graduación de su hermana menor. Me resistí una y otra vez. Inventé una serie de excusas, no tengo ropa, sin pareja es un riesgo, es un baile de gente joven. Pero todas eran justificaciones, yo necesitaba su cercanía.

Me arreglé de tal manera y todos coincidieron en que me veía radiante, sensual, agregó él. Durante la ceremonia, a pesar de mis furtivas miradas, estuve relativamente tranquila. A medida que se acercaba el término, empecé a sentir una angustia que casi me obliga a huir del lugar.

Algo me detuvo. Su mirada me penetraba, diciéndome quédate, no me dejes. Permanecí clavada en mi asiento sin poder respirar.

Mientras nos ubicábamos en las mesas, mi nerviosismo iba en aumento, qué me pasa, estoy a punto de desmayarme como una quinceañera, quiero irme, desaparecer, antes que cometa una imprudencia, bailemos, preciosa, estás loco, no sé bailar estos ritmos, es cosa de moverse, no puedo, las piernas no me responden. Sin embargo, me arrastró suavemente y sin proponérmelo estaba bailando presa de un ritmo que me contagiaba como si tuviera 20 años.

De pronto me sentí entre sus brazos, pegada a su pecho, casi rozando su rostro. La música había cambiado, era suave, tan suave como la caricia de sus dedos.

Cuando tomé conciencia de la real situación, intenté desasirme, pero sus manos me atrajeron más hacia él, no te escaparás, ahora estás en mi poder, escuché que me susurraba al oído, no creo que pueda seguir, se me está nublando la vista, casi no escucho la música, sus manos parecían hacerme daño, no te creo, déjame bailar contigo, me gusta hacerlo. Sus labios tocaban los míos y sus ojos me miraban con una mezcla de ternura y deseo.

No supe cuánto duró el tormento de sentir todas las miradas puestas en nosotros. La seguridad de sus brazos hizo desaparecer mis aprehensiones y me sentí liviana, feliz, sensual, respondiendo al hombre que tenía frente a mí. Sus labios besaron los míos, con apasionadas palabras dichas al oído, sus manos se posaron en mis caderas.

En un instante todo había desaparecido, sólo estábamos él y yo, adormecidos por la música que invadía mi ser, haciéndome estremecer de gozo. Vámonos de aquí, sus palabras rompieron el hechizo, me solté de sus brazos y corrí a esconderme, no sabía dónde, lo único que quería era desaparecer, me llamaba, me buscaba, hasta que me alcanzó. Me refugié en sus brazos y un llanto estremeció mi cuerpo, mientras me besaba tiernamente.

Esta vez no fue sueño, esta vez fue real, una noche de pasión desbordante. Hicimos el amor una y otra vez, con ternura primero, con desesperación después, como si no tuviéramos tiempo, como si esa fuera la única oportunidad de amarnos. La fantasía de que un hombre joven me amara, se había cumplido en una noche que debió acabarse antes de empezar.

Esto no puede volver a ocurrir, debo partir de inmediato antes que alguien me recrimine por lo sucedido, pero cómo arrancar sin despedirme de nadie, no lo entenderían. Decidí enfrentar la situación, aunque ello me costara la amistad de quienes me habían acogido. Sin embargo, el almuerzo transcurrió sin alusiones, sólo preguntaron por él y supusieron que la fiesta lo había agotado.

Los dueños de casa no aceptaron mis justificaciones para partir enseguida. Debía esperar un par de actividades que seguro te encantarán, se trata de una competencia, de qué tipo, ya verás. Me enteré con espanto que él la organizaba y sentí que nuevamente el pánico me invadía, no creo que pueda estar a su lado, volveré a perder el control y me censurarán sin piedad.

Entró a mi cuarto sorpresivamente, abrazándome, buscando mis labios, recorriendo mi cuerpo. Intenté detenerlo, pero no pude. Despertaba en mí un deseo incontrolable, una entrega total que me hacía gemir de placer. Nuestros encuentros eran cada vez más apasionados, pero también más arriesgados.

Me di cuenta que la situación no podía seguir, que estaba traicionando a mis anfitriones y a mí misma. El deseo de estar entre sus brazos, amándonos como dos adolescentes iba en aumento. Era como una droga cuya adicción me exigía cada vez más. Sin proponérmelo lo buscaba, incitándolo a reunirnos con más frecuencia. Ya no eran sólo las noches, sino también las tardes, las mañanas, cualquier hora era preferible a estar sola, necesitaba la cercanía de su cuerpo.

Una noche que lo esperaba no llegó hasta mi cuarto. Tuve malos sueños, verdaderas pesadillas. Lo veía alejarse, sin mirar atrás, lo llamaba, pero no me escuchaba. Desperté gritando, un mal presentimiento me invadió. Corrí hasta su alcoba. La cama sin tocar me indicó que no había llegado durante la noche.

A la mañana siguiente, lo encontré desayunando con un grupo de amigos. Celebraban el cumpleaños de una de las chicas. Sus risas juveniles resonaban en toda la estancia.

Esa tarde abandoné la casa.

1 comentario:

maría isabel dijo...

¡EJALE AMIGA!,LINDOS RECUERDOS DE CUANDO PARIÓ ESE PARTO,AHORA A PREPARARSE PARA EL QUE VIENE ,EL DEL MUSEO,SAQUE LA CARA POR LOS GERONTES.